Las Amenazas

DIEGO CARBALLAR

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Un sol de Estados Unidos

La joven empleada de una pollería en Kentuky
se voló la cabeza.
Fue soldado, ignorante y divina,
en Iraq. Y yo dormía.
Soñaba: acabarás, animalito,
en la nieve donde escarcha
mi sangre fantasiosa.
¡Ay, Dios! Ya lo decía
el sol mortal que imitaba
sin alitas el desierto,
donde una bala estatal
atravesó el marco negro
de tu cabellera. El sol,
amor, desgraciadamente.
Los cipreses imitaron
tu delicado gesto.
Se aflojan las astillas de mis huesos,
mis huesos como harina
caen delante de ti,
muerta en la arena fría.
¡Qué blanquitos nos guardarán
en la noche iraquí,
a la vera de los caminos negros,
a la estancia vacía del campito árabe.
En las armas abandonadas
del cenit habrá una canción
de Navidad: un grillito
atrapado en las cortinas
blancas,
sostendrá la voz del verano,
y el polvo cubrirá
la memoria del soldado
norteamericano, que sobre
antiguos helicópteros
-como una libélula idiota
ante las luces del atardecer
en el delta del Viet Cong amarillo-
pensaba en un sol de Estados Unidos.

Pascuas

Hay una luna enorme detrás del edificio
que parece inmóvil, pero ¿es lento
el cielo? ¡No! Es un rayo, ya pasaron 4
días de Semana Santa. La luna
devoró sus distancias, y mañana en la radio
habrá malos pronósticos. Dos días
en los que las religiones hicieron sus paces.
Vimos una banda de predicadores -Bad Seeds
pobres, en un Volkswagen (auto
del pueblo), celeste modelo ’71.
De trajes grises y negros,
camisas blancas, cantaron a Dios
en el parque, nos parecían una película
de finlandeses, ebrios de amor santo.
Había una chica joven
en la ronda, con pollera negra y musculosa
violeta oscura, los hombros muy lindos.
Tenían instrumentos viejos por los que algunos
psicoroqueros pagarían buena
plata, parches de cuero, batería
chiquita, un sonido de guitarra que sonaba
a la misa del judío
Leonard Berstein, o al disco Mondo Cane
de Mike Patton: música de otra parte.
¿Era un grupo mendicante de Europa del este?
Antes de dormirme, a veces
imagino que viajo por una
estepa de la Europa central,
aunque sé que hoy las chicas más jóvenes y lindas
mundiales son rusitas muy flacas, de ojos
transparentes como las tractoristas
soviéticas de los sueños
de Castelnuovo.
El cuerpo lindísimo de una hardcore-
pentecostal era citado en la eléctrica
moral de su congregación, las manos
levantadas, hechas radares místicos,
que le ponían el pecho
a las ondas divinas
de Dios, y esa chica de pelo lacio
y largo y negro, manos bien arriba
al asalto de un cariño velado.

Tatuaje

Pequeña madre desvelo, pequeña
maravilla ¿podré decir mi nombre?
¿desmayado, podré? o dormido
por drogas fuertes -y leves amnesias
en la calle: ¿Veré en la sombra del nombre el arco
que va del cielo a la semilla, a las camillas
del sanatorio, la superficie del latido
que llamó a la gota de sangre, la misma
de un jardín de florecitas que solo
el rocío puede lastimarles?

¿Dejar en el corazón, qué?
¿Un tatuaje con el nombre?, ¿la inicial
de tu palabra, hiriendo
lo que podía escribirlo
con birome todos los días, cada
día al afeitarme
en el vapor del espejo?

Que no sea el cebo de mí
en autopistas sin nombre,
interminables arcos de ingenieros
bien pagos. No sé si a los lobos
les gusta que les dejes el alimento
en la vigilia, ni que los desveles
con la historia de la niña
perdida, o el niño valiente.

¿La niño valienta?
¿El niña perdido?

A la pregunta del nombre en la piel,
de vos: ¿que podré decir?

Debería pronunciar una Ley
y arrojar a la orilla de archipiélagos
desconocidos los rastros de mi voz, pero
(soy un avión estrellado)
hay un color verde más brillante en el pasto
hay un corazón (corazoncito) que agita
las cosas, cerca de mi mano.

En el pecho, si soy una cueva,
y él, fetiche para el mundo: trabajo
estable, casa, auto grande, camisas
y supermercado. Aunque el labio
más carnoso que tiene, y las pupilas
claras parecen decir otra cosa
(los Stabat Mater, una guerra
inmensa contra los trabajos calificados). Inclino
mi mano para acompañar sus ojos
y el mundo queda ciego. Hay una canción
que a mi no me gusta, pero él la baila.

Es tan claro, que el sol lo quema,
porque el sol está encendido fuego
-¿desde hace cuántos años
ya decían que el confort haría de la tierra
un infierno?-, pero la tierra vence,
y cuando siento miedo, cuando
las tumbas parecen acercarse
al ras de la tierra, y empiezan a crujir
los goznes, y las cabezas de las víctimas
tienen revólveres zarpados,
vuelve un ardor,
la simiente hacia sagitario: y amo.

A veces quisiera salvar al mundo de mi memoria,
pero las cosas ya tienen fantasmas,
la gestualidad de lo iniciado.
Entonces quisiera pulsar el sonido
de tu corazoncito
en las cavidades de mi pecho,
y la respiración profunda de algunos
pájaros ilumina mejor a los tubos
fluorescentes del mercado chino.

Así pues, sale la luna entre los plátanos
del parque y caminamos en silencio
junto a un límite de la calle
nos sentimos animales
salpicados aquí y allá
por tibias gotas de sangre en un cuerpo
que es nuestro sendero
entre colchones viejos.

a simón

Diego Carballar es maestro y poeta, escribe en su blog http://punkipelus.blogspot.com/

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Written by Las Amenazas

mayo 23, 2011 a 12:13 am

Publicado en Uncategorized

Una respuesta

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  1. Guauu!

    paula

    mayo 23, 2011 at 12:56 am


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