Las Amenazas

CARLOS GODOY

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Tareas domésticas

Tengo un televisor desarmado sobre la mesa donde como.

Hace días que trato de desenroscarle un parlante con un cuchillo.
Y cada vez estoy más cerca.

En algún momento los tornillos se van a aflojar. Pero va a
haber uno, el último, que va a estar tan adherido a la rosca.

Me va a hacer abandonar la tarea. Perder
el entusiasmo.

En un rato voy a ir a la presentación de un libro.
No porque me interese: es que me siento solo.

En el cuarto, quinto día, cuando logre
arrancar el parlante, para darme cuenta que no puedo
entender cuál es su desperfecto, voy a conectar la tele así,
abierta al medio y voy a cambiar los canales
haciendo contacto con el cuchillo sobre la placa de transistores,
y el parlante: va a funcionar.

Otra cosa que se arregla al borde de destruirse.

La tarea continúa colocando el parlante
en su lugar. Tratando de que
quede fijo y que no se quiebre la punta
del cuchillo: porque tengo pocos y ya casi todos
sin punta.

Finalmente pienso que con tres tornillos,
en vez de cuatro, es suficiente
como para no afectar su funcionamiento y
bajo esa reflexión, decido intentar cerrar la caja.

(Tengo las manos llenas de polvo. Polvo criado
entre la oscuridad de los transistores, de los cables,
del vidrio opaco del tubo.
Polvo que nunca tuvo contacto con la luz tan
directamente como ahora. Polvo negro, denso, graso)

¡Ah! ¡Ahí está! ¡Le quebraste la punta!

Ahora ese cuchillo, aparte de verse feo,
ya no va a poder desenroscar ni enroscar nada.

Pienso unos segundos en mi madre.

Puedo darme cuenta que el televisor
va a quedar así un tiempo más. Porque seguro
no voy a poder hacer que coincidan las perillas y botones
de la placa de circuitos y transistores y cables, con las ranuras de la caja
de plástico negro que la protege. Y voy a seguir durante los días
siguientes, al quiebre de la punta del cuchillo,
tratando, una o dos veces por día, de atornillar las dos mitades
separadas de la caja y
de que, para esto, primero coincidan los botones y perillas.

Y un fin de semana. Sin mucha concentración ni interés.
La caja se va a cerrar sola. Todo va a acomodarse en su lugar,
y así la cosa va a volver a la estable armonía del principio,
cuando no había desperfectos.

El televisor lleva un tiempo sin encenderse. Está junto a un escritorio
lejos de cualquier enchufe que lo pueda accionar.
Tiene encima una mochila.

Lo curioso es que la otra noche tuve insomnio,
porque me desperté a la madrugada con la salvaje ansiedad
de que el televisor debería ya estar cerrado hace tiempo
y aún sigue, bochornosamente, sobre la mesa donde como
abierto en dos con todos sus circuitos al aire. Incluso podía ver el bulto
negro montado sobre la mesa junto a unos platos sucios.
Por la mañana me desperté y quise corroborar este hecho, pero
el televisor, ahora arreglado, estaba junto
al escritorio. Tal como lo dejé hace un par de semanas.

Faunita 53

Las últimas semanas estuvieron duras
y te extrañé más de lo necesario.

Suelo escribirte cuando te extraño.

Veo como crecen los brotes
la natural dispersión de la materia que se expande.

Veo a mi madre con su camisón nuevo preparando cajas para encomiendas.
Habla sola, se da órdenes, se reta, se felicita:
lentamente aparece el nervio de la historia.

Veo una pila de sábanas sobre el sillón y un libro abierto boca abajo en la cima.

Ayer mientras hablábamos por teléfono revisé fotos viejas
en el baúl de mi padre. ¿Porqué escondimos el vigor?
Esas preguntas que complican todo.

Noté que siempre hay una edad que no tiene registro.
Que se ha perdido en el horizonte de nuestra historia
y no está en ningún lado.

El año pasado por esta época también te escribía poemas,
es que todo sigue el ritmo de las estaciones.

Veo un parlante desarmado sobre el escritorio y la caja
de herramientas abierta al lado.

Veo que hay dos escobas, una vieja para barrer el patio
una nueva para barrer adentro.

Todo se contamina si lo miramos dos veces. Es el problema de las relaciones,
de la literatura y la política.

Hay que tener coraje para gobernar este derrumbe.

Veo la bermuda que me hiciste con un pantalón inservible.

Veo el paico que semilló y ahora se extiende por todo el patio.

Veo a mi hermano en la cocina tocando canciones de los Beatles
con un cancionero nuevo al contrapunto de los ruidos de la tele encendida.

Algunos perros se quedan siempre en una cuadra

Creemos en lo que más nos impresiona.

Hoy papá se fue. Cargó todo en un camión y se fue.

El más chico se puso a limpiar los rincones
porque sabía, desde temprano, que iba a ser un día duro.

Esta es una escoba, la puedo empuñar como arma.
Esta es la Virgen de Lourdes, la puedo visitar
o le puedo rezar por las noches. ¿Y qué dice la mente?

La mente dice: creo en la reencarnación
y confío volver como una peste que los mate a todos.

La extinción perfecta.

Y el epicentro sigue siendo ese perro viejo
que fue acumulando pertenencias.

Las sondas catalizan.

Y el perro sigue juntando bienes
sobre una manta tendida en la vereda.

¿Cómo es la mano enterrada en la cal?
¿Descomprimiendo las moléculas del tejido?
¿Puliendo el calcio del hueso?

Hagamos silencio.

Ahora, respiremos profundo.

Eso que se ve es nuestra ciudad de cemento.
Reténganla. Porque ahí es donde siempre se vuelve.

Cordobés del 83′. Publicó los libros de poemas Prendas (2005, Gog y Magog), Escolástica peronista Ilustrada (Funesiana, 2007), Temporada de vizcachas (2009, Ediciones Stanton) y participó de la antología de joven narrativa Un grito de corazón (Mondadori, 2009). Actualmente coordina talleres literarios y colabora en la revista Crisis y en el suplemento Radar del diario Página12. Escribe en eledesubsistencia.com.ar y tuitea todos los días como @yurigagarina.

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Written by Las Amenazas

junio 15, 2011 a 1:39 am

Publicado en Uncategorized

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